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🔴#Indignante| CUANDO EL SISTEMA ESTÁ PODRIDO, EL ESTADO ABANDONA

🔹Cuando el periodista incomoda, el 911 falla y la Policía ignora. En Aguascalientes, pedir ayuda en una emergencia es inútil. El sistema de emergencias —presumido en boletines oficiales como el primer eslabón de protección ciudadana— falló en lo más básico: responder.

🔴#Indignante| CUANDO EL SISTEMA ESTÁ PODRIDO, EL ESTADO ABANDONA

Por: María Martinez
Aguascalientes,Ags.a 8 de abril, 2026

En México, la distancia entre una emergencia y la respuesta del Estado puede medirse en minutos… o en abandono.

El 7 de abril, en Aguascalientes, esa distancia se volvió absoluta.

Una motocicleta que circulaba a exceso de velocidad se impactó contra el vehículo en el que me trasladaba bajo un esquema de protección. El golpe fue violento. Mi cuerpo se proyectó hacia adelante. El dolor fue inmediato. Cuello, hombro, nervios.

Lo que no fue inmediato —ni ocurrió— fue la respuesta de las autoridades.

Mis escoltas de inmediato llamaron al 911 de manera reiterada.

El sistema recibió el reporte.

La emergencia quedó registrada.
Pero la ayuda nunca llegó.

Durante más de dos horas permanecí lesionada en una de las principales avenidas de la ciudad. No en un punto aislado, no en una zona inaccesible, sino en el corazón de una capital que presume seguridad.

Nadie apareció.
Ese vacío no es un error técnico.
Es un síntoma.

El sistema de emergencias —ese que se presenta como el primer eslabón de protección ciudadana y presumen en boletines bien elaborados — falló en su función más básica: responder y atender.

Cuando finalmente llegaron otros actores, lo hicieron bajo otra lógica.

No la del auxilio, sino la del control.

Elementos de la Policía Vial no actuaron como primeros respondientes, sino como operadores de procedimiento. La escena no fue tratada como una emergencia médica, sino como un trámite administrativo de menor importancia.

“Ya sabemos que usted es la periodista”.

La frase marcó un punto de quiebre.

Porque en ese momento quedó claro que no estaba frente a una actuación neutral. Había una lectura previa. Una identificación. Una carga.

Solicité atención médica.

La respuesta fue una negativa.
“No somos ambulancia. Llámele a quien quiera”.

Esa frase no es anecdótica. Es reveladora.

Define una cultura institucional donde la obligación se diluye y la responsabilidad se evade.

Mientras mi condición física se deterioraba, la prioridad de los policías era otra: asegurar el vehículo, buscar responsabilizar a mis escoltas y justificar al motociclista que provocó el accidente, ejercer control, demostrar que la prioridad, no es la vida —mi vida— no estaba en el centro de la actuación.

La ambulancia nunca llegó.

Nunca.

Después de dos horas, fui trasladada en taxi.

No fue una elección trasladarme en taxi. Fue la desesperación ante la cerrazón de las autoridades lo que obligó a mis escoltas a sacarme de ahí para llevarme a un hospital.

Para las autoridades, Mi vida no era prioridad. Mi salud, tampoco.

Lo importante era exhibir poder, marcar territorio. Mientras tanto, el dolor seguía ahí, ignorado.

El diagnóstico médico fue claro: esguince cervical grado II y lesión de hombro.
Pero el diagnóstico institucional es más complejo.

Lo que ocurrió ese día no es solo un caso de negligencia. Es una muestra de cómo operan las instituciones cuando se enfrentan a lo urgente: con lentitud, con distancia, con indiferencia.

Y en mi caso, con un elemento adicional que no puede ignorarse.

No fui tratada únicamente como una persona lesionada.

Fui tratada como “la periodista”.

En un país donde ejercer el periodismo implica riesgos, esa etiqueta no es menor.

Marca una posición frente al poder. Y, muchas veces, una línea de tensión.

Mi trabajo ha documentado abusos y corrupción. En ese contexto, la omisión institucional deja de ser solo una falla.

Puede convertirse en un mensaje.

Un recordatorio de los límites de protección.

Porque cuando el Estado no responde, no solo falla: también comunica.

Comunica que hay ciudadanos que pueden esperar.

Comunica que hay urgencias que pueden postergarse.

Comunica que hay vidas que no son prioridad.

El problema es que ese mensaje no se queda en un caso.

Se extiende.

En un país donde la violencia contra periodistas es una constante, donde las agresiones rara vez se sancionan y donde la impunidad es regla, cada omisión institucional se convierte en parte de un patrón.

Un patrón donde la protección existe en el discurso, pero no siempre en la práctica.

El 911 no respondió.
La Policía no auxilió, ignoró

No es un hecho aislado.

Es una señal.

La señal de un Estado que, llegado el momento crítico, puede no estar.

Y cuando el Estado no está, lo que queda no es solo la vulnerabilidad.

Es la certeza de que, incluso bajo protección, incluso en una ciudad que presume seguridad, cualquiera puede quedar expuesto al abandonado, a ser invisible.

Aguascalientes #Violencia

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