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🔮#Importante| MARU CAMPOS Y LA JUSTICIA SELECTIVA DEL DOBLE RASERO

«No hace falta militar en un partido polĂ­tico para indignarse cuando el peso del Estado parece caer con distinta intensidad segĂșn el destinatario».

🔮#Importante| MARU CAMPOS Y LA JUSTICIA SELECTIVA DEL DOBLE RASERO

đŸ”čMientras desde el oficialismo se protege a #morenistas señalados por #EEUU por presuntos vĂ­nculos con el #narcotrĂĄfico, se lanza una embestida judicial y polĂ­tica contra Maru Campos, con carpetas de investigaciĂłn, juicio polĂ­tico y acusaciones de “traiciĂłn a la patria”. El contraste es abrumador y exhibe un doble rasero: impunidad para aliados, persecuciĂłn para adversarios; justicia selectiva al servicio del poder. Hoy es ella; mañana puede ser cualquiera.

Por: MarĂ­a MartĂ­nez
Ciudad de México, a 30 de Mayo, 2026

Mientras Morena y el oficialismo blindan a morenistas señalados por Estados Unidos por presuntos vĂ­nculos con el narcotrĂĄfico, despliegan todo el aparato del Estado contra la panista Maru Campos con carpetas de investigaciĂłn, amenazas de juicio polĂ­tico y acusaciones de “traiciĂłn a la patria”.

El objetivo parece claro: desviar la atención del estigma impulsado por el discurso del presidente Donald Trump sobre un supuesto “narcopartido”. Pero el efecto exhibe un doble rasero: se protege a personajes cuestionados mientras se criminaliza a una gobernadora por confrontar al crimen organizado. Una justicia selectiva donde, otra vez, parece imponerse la máxima: a los amigos, las bondades de la ley; a los adversarios, todo el peso del poder. Así se observa.

No hace falta militar en un partido polĂ­tico para indignarse cuando el peso del Estado parece caer con distinta intensidad segĂșn el destinatario. Tampoco se necesita simpatizar con un gobierno o con la oposiciĂłn para advertir una señal preocupante: cuando la justicia parece moverse al ritmo de la conveniencia polĂ­tica, la democracia entra en una zona de riesgo.

La crĂ­tica aquĂ­ no es partidista.

Es institucional.

Porque cuando el aparato del Estado parece desplegar velocidades distintas dependiendo del color partidista del investigado, la sospecha de selectividad deja de ser un argumento opositor y comienza a instalarse como una percepciĂłn pĂșblica profundamente corrosiva.

Y esa percepciĂłn importa.

Mucho.

El caso de Maru Campos merece observarse bajo esa lĂłgica.

En semanas recientes, Morena y voces del oficialismo han impulsado una narrativa que acusa a la gobernadora de Chihuahua de presunta “traición a la patria”, derivada de la supuesta autorización de participación de dos agentes de la CIA en un operativo realizado en la sierra de Chihuahua, donde fue asegurado un presunto narcolaboratorio vinculado al Cártel de Sinaloa.

La acusaciĂłn es polĂ­ticamente explosiva.

Pero también jurídicamente compleja.

Y precisamente ahĂ­ comienza el problema.

El 25 de mayo de 2026, Maru Campos recibió una notificación formal de no ejercicio de la acción penal dentro de una carpeta relacionada con el caso del hoy senador morenista Javier Corral, derivada de los hechos ocurridos cuando se intentó ejecutar una orden de aprehensión contra el exgobernador en la Ciudad de México.

JurĂ­dicamente, aquello parecĂ­a el cierre de un episodio incĂłmodo.

Pero apenas un día después ocurrió algo que, por decir lo menos, obliga a formular preguntas.

La gobernadora recibiĂł un nuevo citatorio, ahora desde el ĂĄmbito federal, para comparecer nuevamente dentro del mismo expediente, esta vez en calidad de imputada.

Al mismo tiempo, fue requerida para rendir declaraciĂłn como testigo dentro de otra investigaciĂłn impulsada por la FiscalĂ­a General de la RepĂșblica, relacionada con la presunta participaciĂłn de agentes estadounidenses en territorio mexicano y el señalamiento de “traiciĂłn a la patria” promovido polĂ­ticamente desde Morena.

No se trata de un tecnicismo jurĂ­dico.

Se trata de contexto.

Citatorios.

Narrativas pĂșblicas.

Amenazas de juicio polĂ­tico.

Acusaciones simultĂĄneas.

Una gobernadora opositora colocada de forma permanente bajo presiĂłn polĂ­tica, institucional y mediĂĄtica.

Y sĂ­, la pregunta incĂłmoda es inevitable:

¿Por qué un expediente en el que ya se notificó un no ejercicio de acción penal vuelve a colocar a la misma persona bajo condición de imputada apenas horas después?

ÂżPor quĂ©, ademĂĄs, la narrativa pĂșblica parece acompañar cada paso ministerial con una intensidad polĂ­tica difĂ­cil de ignorar?

El asunto adquiere todavía mås dimensión cuando se recuerda el episodio del bar-restaurante Gin Gin, en la Ciudad de México.

Aquella noche, cuando agentes ministeriales de Chihuahua intentaban ejecutar una orden de aprehensiĂłn vigente contra Javier Corral, quien apareciĂł personalmente fue Ulises Lara, entonces fiscal capitalino y hoy fiscal especial de asuntos relevantes de la FiscalĂ­a General de la RepĂșblica.

No era un agente ministerial cualquiera.

Era el fiscal.

El mismo funcionario que intervino personalmente para impedir la detención del hoy senador morenista, quien terminó protegido políticamente por el aparato institucional de la Ciudad de México.

La pregunta no es menor.

¿Por qué el aparato institucional parece reaccionar con una intensidad frente a unos y con otra completamente distinta frente a otros?

Porque el contraste resulta polĂ­ticamente imposible de ignorar.

Mientras a Maru Campos se le coloca en el centro de una narrativa de sospecha que incluye acusaciones tan graves como “traiciĂłn a la patria”, citatorios sucesivos y presiĂłn polĂ­tica abierta, en Sinaloa y Tabasco la respuesta institucional parece moverse bajo otra lĂłgica: prudencia discursiva, cautela narrativa y tiempos considerablemente menos estridentes frente a señalamientos igualmente delicados en tĂ©rminos de interĂ©s pĂșblico.

El gobernador de Sinaloa, RubĂ©n Rocha Moya, señalado pĂșblicamente por autoridades estadounidenses por presuntos vĂ­nculos con el narcotrĂĄfico, compareciĂł ante autoridades ministeriales rodeado de protecciĂłn institucional y bajo un discurso cuidadosamente administrado: no hay ficha roja, continĂșan investigaciones, no hay conclusiones.

El senador Enrique Inzunza acudiĂł a instalaciones de la FiscalĂ­a General de la RepĂșblica en CuliacĂĄn bajo esquemas reforzados de seguridad institucional.

Y luego estĂĄ Tabasco.

La detenciĂłn de HernĂĄn BermĂșdez, exsecretario de Seguridad PĂșblica durante el gobierno de AdĂĄn Augusto LĂłpez, provocĂł cuestionamientos inevitables sobre responsabilidades polĂ­ticas y cadenas de mando. Pero el hoy senador morenista no ha sido sometido al mismo nivel de presiĂłn polĂ­tica, narrativa ni institucional.

No se trata de absolver a nadie.

Tampoco de pedir impunidad.

Todo funcionario pĂșblico debe responder ante la ley.

La discusiĂłn de fondo es otra.

¿Por qué la ley parece ejercerse con distinta intensidad?

¿Por qué algunos actores políticos enfrentan citatorios, presión mediåtica, juicios políticos y narrativas de criminalización simultåneas, mientras otros, señalados en investigaciones de enorme gravedad, parecen transitar diligencias bajo un discurso institucional de cautela, comprensión y prudencia?

La justicia no puede operar bajo la lĂłgica de la conveniencia polĂ­tica.

Porque cuando el poder parece endurecerse frente a adversarios y administrarse con mĂĄs mesura frente a aliados, lo que se erosiona no es Ășnicamente la confianza en una fiscalĂ­a.

Se erosiona la credibilidad del Estado.

Y ahĂ­ aparece el problema democrĂĄtico.

Porque quizĂĄ el riesgo mĂĄs grave no es solamente la impunidad.

Es la sospecha persistente de que la ley parece aplicada con distinto rigor segĂșn el nombre, el partido polĂ­tico y la cercanĂ­a con el poder.

Cuando eso ocurre, la justicia deja de parecer un principio.

Y empieza a parecer un instrumento polĂ­tico.

Porque una democracia no solo se erosiona cuando la justicia se corrompe.

También se erosiona cuando deja de ser imparcial.

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