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Columna de inclusión escrita por Ricky Mtz.

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Aguascalientes,Ags.a 10 de julio de 2025

“El capacitismo en el capitalismo: la pareja imperfecta que genera exclusión laboral”

Imagina una gran fábrica. Una con muros de vidrio polarizado que deja entrar la luz, pero no la mirada crítica. En su interior, una maquinaria perfectamente aceitada produce a toda velocidad el producto más cotizado del siglo XXI: la eficiencia. No hay tiempo que perder. Todo lo que no cumpla con los estándares del rendimiento se desecha. Todo lo que no funcione a la velocidad del capital se repara o se margina. En esta cadena de montaje simbólica, las personas con discapacidad rara vez tienen cabida… a menos, claro, que entren por la puerta trasera y acepten llevar el uniforme de “inclusión rentable”.

En este universo industrial de la modernidad neoliberal, la inclusión laboral no es un derecho, es un eslogan. No es justicia social, es marketing corporativo. Y no se mide por el bienestar de quienes logran emplearse, sino por la rentabilidad que se pueda extraer de su presencia simbólica. En este escenario, el capacitismo no es un error del sistema: es uno de sus engranajes más pulidos.

El capacitismo es esa voz que murmura, disfrazada de lógica, que “aquí solo caben quienes producen más de lo que cuestan”. Que “incluir” está bien, pero solo si no implica ajustar los ritmos de la maquinaria. Es una ideología disfrazada de sentido común que redefine a las personas con discapacidad como proyectos de mejora continua, no como sujetos de derechos. Como si su valor se midiera en bits por segundo, y no en dignidad.

Según el INEGI, más de seis millones de personas en México viven con alguna discapacidad. De ellas, menos de la mitad participa en el mercado laboral. No porque no quieran, sino porque el sistema no está diseñado para que entren sin desfigurarse. El trabajo, tal como se concibe hoy, exige elasticidad física, obediencia ciega y una disponibilidad 24/7 que no contempla pausas, ritmos diversos ni la simple realidad del cuerpo humano. Mucho menos la de un cuerpo funcionalmente distinto.

Como bien advierten autoras como Marta Russell, el capitalismo no excluye por error, sino por diseño. Es un sistema que jerarquiza vidas según su capacidad de producir valor económico. Las personas con discapacidad son vistas como fallos de fábrica, desviaciones de la línea de montaje que deben corregirse para poder encajar. No se trata de incluirlas como son, sino de rehabilitarlas, adaptarlas, moldearlas… hasta que no molesten.

Y cuando se logra esa milagrosa «inclusión», rara vez viene acompañada de condiciones dignas. Son empleos en la periferia de la estructura: sin prestaciones, sin accesibilidad física o digital, sin posibilidad de crecer. A veces, incluso sin sueldo, porque “la experiencia también cuenta”. Pero eso sí: se hace con logotipo institucional y foto en redes, bajo el hashtag #InclusiónLaboral.

Así, la figura de la persona con discapacidad que “lo logró” se convierte en trofeo empresarial. Se aplaude su esfuerzo por encajar, por adaptarse, por no incomodar. Se le vuelve ejemplo de superación, mientras se ignora el elefante estructural en la sala: que las condiciones siguen siendo injustas para la mayoría. Que no hay rampas, ni lectores de pantalla, ni horarios flexibles. Que los ajustes razonables son vistos como favores, no como obligaciones legales. Que, al final, sigue siendo el mercado quien decide quién merece estar y quién no.

Peor aún, en esta narrativa de la autosuficiencia como virtud suprema, se culpa a la propia persona con discapacidad de no estar “lista para el mercado”. Como si su desempleo fuera el resultado de su falta de resiliencia, y no de un entorno social que sistemáticamente la excluye.

Así, los programas de empleabilidad “inclusiva” muchas veces terminan reforzando la exclusión que dicen combatir. Se enseña a la persona a adaptarse al sistema, pero no se obliga al sistema a cambiar. Se ofrecen cursos de liderazgo, pero no se eliminan los obstáculos estructurales. Se habla de emprendimiento, pero sin financiamiento ni redes de soporte. Y si alguien logra destacar, se le pone en un pedestal, como si su éxito individual validara el fracaso colectivo.

Romper este ciclo implica más que cuotas o campañas bonitas. Exige un cambio de paradigma: entender que el trabajo no es solo una herramienta de producción, sino un espacio de realización, identidad y pertenencia. Que la discapacidad no debe ajustarse al mercado, sino que el mercado debe hacerse accesible y justo. Que el valor humano no se mide en horas facturables, sino en la capacidad de aportar, convivir y transformar.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, en su artículo 27, lo dice claro: el trabajo es un derecho. No un privilegio condicionado, no una estrategia de marketing, no una limosna institucional. Un derecho. Pero mientras los engranajes del capitalismo sigan girando al ritmo del lucro, la inclusión laboral será apenas un barniz que esconde la oxidación del sistema.

Porque si el sistema solo acepta a quien puede rendir como una máquina, entonces no necesita personas: necesita robots.
Y hablar de discapacidad no es rendirse ante el sistema.

Es, justamente, atreverse a cambiarlo.

Aguascalientes #Discapacidad #Ricky Martínez

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