đ°ÂżLIBERTAD DE PRENSA? EN MĂXICO SER PERIODISTA ES RESISTIR; INCLUSO, CUANDO EL ESTADO FALLA
đšď¸ÂťEjercer el periodismo siendo mujer en MĂŠxico implica miedo, resistencia y dignidad frente al poderÂť.
MarĂa MartĂnez

âEl poder le apuesta al silencio; pero el silencio es complicidad. Yo elegĂ incomodar.â
PodrĂĄn sacudir mis ramas, pero no arrancar mis convicciones.
No van a quebrar lo que decidĂ ser.
AsĂ ejerzo el periodismo.
Por: MarĂa MartĂnez
Ciudad de MĂŠxico, a 3 de Mayo, 2026
ÂŤEjercer el periodismo siendo mujer en MĂŠxico implica miedo, resistencia y dignidad frente al poderÂť.
En el marco del DĂa de la Libertad de Prensa, el discurso oficial vuelve a vestirse de conmemoraciĂłn, pero la realidad se impone con crudeza: en MĂŠxico, ejercer el periodismo âsiendo mujerâ sigue siendo un acto de riesgo cotidiano.
El informe anual 2025 âEntre el discurso y la desprotecciĂłnâ, elaborado por ComunicaciĂłn e InformaciĂłn de la Mujer A.C. (CIMAC), no deja lugar a interpretaciones complacientes. Desnuda un paĂs donde la violencia contra mujeres periodistas no solo persiste, sino que se profundiza bajo la mirada indiferente âcuando no cĂłmpliceâ del poder.
La contradicciĂłn es brutal: MĂŠxico, gobernado hoy por una mujer, se mantiene como uno de los paĂses mĂĄs peligrosos para ejercer el periodismo. MĂĄs grave aĂşn, el primer aĂąo del gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo registra 338 agresiones contra mujeres periodistas, una cifra rĂŠcord e inaceptable que rebasa ampliamente las 154 documentadas durante el mismo periodo del sexenio anterior.
El eslogan de âllegamos todasâ se desmorona frente a los hechos. Porque no, no todas llegamos. Y claramente, las mujeres periodistas no formamos parte de esa ĂŠlite protegida desde el poder.
Ejercer el periodismo en MĂŠxico implica hoy sobrevivir al miedo. Cada lĂnea publicada, cada investigaciĂłn, se construye no solo desde el rigor informativo, sino desde la conciencia de que decir la verdad puede tener consecuencias. El deber de informar, de incomodar al poder y de incidir en la agenda pĂşblica se enfrenta a un entorno hostil que castiga precisamente esa funciĂłn esencial en cualquier democracia.
Los hallazgos de CIMAC son contundentes: 2025 se posiciona como el aĂąo mĂĄs violento para las mujeres periodistas. Y esto no es casualidad. La organizaciĂłn advierte que las estructuras que sostienen esta violencia permanecen intactas. No se han modificado de fondo. No se han desmontado.
El diagnĂłstico es demoledor:
âAunque el contexto polĂtico actual se presenta como un âtiempo de mujeresâ, los datos evidencian que la presencia femenina en los mĂĄs altos cargos no se ha traducido en condiciones reales de libertad de expresiĂłn, seguridad, acceso a la justicia ni garantĂa de derechos humanos para las periodistasâ.
Durante mĂĄs de 18 aĂąos, CIMAC ha documentado esta violencia a travĂŠs de su Programa de Libertad de ExpresiĂłn y GĂŠnero (PLEG). Su metodologĂa, basada en el AcompaĂąamiento Integral Feminista, pone en el centro el cuidado colectivo, la autonomĂa y la defensa del derecho a informar. Y lo que revela es incĂłmodo: la violencia contra mujeres periodistas es estructural, sostenida por desigualdades profundas y por una asimetrĂa de poder que el Estado ha sido incapaz âo renuenteâ a desmontar.
Las cifras lo confirman. La Ciudad de MĂŠxico concentra el 18.93% de los casos, seguida de Coahuila (11.24%), Guerrero (10.06%), Puebla (9.17%) y Baja California (7.4%). Pero esto no significa que la capital sea la mĂĄs peligrosa, sino que se ha convertido en refugio para periodistas desplazadas por la violencia en otras entidades.
En ese mapa de agresiones, Aguascalientes ocupa el lugar nĂşmero 13 a nivel nacional, con el 3.85% de los casos registrados, lo que confirma que la violencia contra mujeres periodistas no es un fenĂłmeno aislado ni regional, sino extendido y normalizado en prĂĄcticamente todo el paĂs.
Las agresiones tienen mĂşltiples rostros: amenazas (14.79%), descrĂŠdito y estigmatizaciĂłn (13.91%), intimidaciĂłn (10.36%), hostigamiento (9.47%) y campaĂąas de desprestigio (8.88%). En los casos mĂĄs extremos, la violencia escala a detenciones arbitrarias, agresiones sexuales, privaciones ilegales de la libertad, feminicidios y atentados.
El perfil de las vĂctimas tambiĂŠn dibuja un patrĂłn claro: directoras (41.12%) y reporteras (38.46%) encabezan la lista. La mayorĂa trabaja en medios digitales (68.93%) y cubre fuentes sensibles como polĂtica, derechos humanos, seguridad y sociedad. Es decir, informar sobre el poder sigue siendo una actividad de alto riesgo.
Pero el dato mĂĄs inquietante apunta a los agresores: funcionarios estatales (19.53%) y municipales (12.72%) encabezan la lista. La violencia no solo proviene del crimen o de actores externos, sino de las propias estructuras institucionales que deberĂan garantizar protecciĂłn.
Cada agresiĂłn documentada no es un nĂşmero: es una voz que se intentĂł silenciar.
Y frente a la omisiĂłn del Estado, las mujeres periodistas han hecho lo que histĂłricamente han hecho: organizarse, protegerse y acompaĂąarse entre sĂ. En MĂŠxico, hoy, la libertad de prensa no la garantiza el Estado. La sostienen mujeres periodistas comprometidas con el ejercicio libre de informar.
El Estado sĂ creĂł un instrumento: el Mecanismo de ProtecciĂłn para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, fundado en 2012. Ha brindado medidas de seguridad a algunos casos, pero sus lĂmites son evidentes: presupuesto insuficiente, falta de personal especializado, evaluaciones de riesgo deficientes y una rotaciĂłn constante de directivos que impide su consolidaciĂłn.
Su lĂłgica excluye a muchas. Solo protege a quienes logran acreditar un riesgo âinminenteâ, dejando fuera a periodistas âespecialmente mujeresâ cuyas realidades no encajan en criterios burocrĂĄticos alejados del contexto.
En ese vacĂo, la sociedad civil ha tomado el relevo. CIMAC, Reporteros Sin Fronteras, ArtĂculo 19 y Propuesta CĂvica se han convertido en actores clave en la defensa de la libertad de expresiĂłn.
Pero mĂĄs allĂĄ de las organizaciones, hay una red que sostiene todo: las propias periodistas.
De ahĂ nace la Red Nacional de Periodistas: un espacio vivo de articulaciĂłn polĂtica feminista, horizontal y autĂłnomo, construido desde la solidaridad, la sororidad y el acompaĂąamiento colectivo. Una respuesta directa a la ausencia del Estado.




Porque cuando el poder falla, las periodistas se cuidan entre sĂ.
Particularmente, CIMAC ha sido pionera en esta lucha. Su trabajo no solo documenta agresiones: acompaĂąa, defiende y protege. Brinda apoyo legal, psicoemocional, capacitaciĂłn, vinculaciĂłn y visibilizaciĂłn. En los hechos, realiza funciones que el Estado mexicano ha abandonado.
A esta violencia se suma un mecanismo particularmente perverso: el acoso judicial. Durante 2025 se documentaron 16 casos donde el sistema legal fue utilizado para castigar el ejercicio periodĂstico. Demandas por daĂąo moral, sanciones econĂłmicas, eliminaciĂłn de contenidos y disculpas forzadas se convierten en herramientas de censura.
El mensaje es claro: investigar al poder tiene consecuencias.
Peor aĂşn, figuras legales como la violencia polĂtica de gĂŠnero estĂĄn siendo utilizadas para perseguir periodistas. De las 494 personas registradas en este rubro, 84 pertenecen al ĂĄmbito mediĂĄtico, incluidas 11 mujeres.
Se trata de una distorsiĂłn grave: el uso de la ley para silenciar.
El informe es contundente: la violencia contra mujeres periodistas no solo continĂşa, evoluciona. Hoy combina agresiones fĂsicas con campaĂąas digitales, estigmatizaciĂłn desde el poder y el uso del aparato judicial como mecanismo de intimidaciĂłn.
La censura ya no siempre dispara. TambiĂŠn firma.
Y mientras tanto, el Estado sigue ausente.
Porque en MĂŠxico, la libertad de prensa para las mujeres no se garantiza desde el poder: se defiende, se construye y se resiste entre ellas.
Y en medio de esta realidad, lo tengo claro:
âNadie te recordarĂĄ por tus pensamientos secretos.â
A veces los vientos podrĂĄn mover mis ramas, pero mis raĂces son tan fuertes que resisten tempestades.
AsĂ soy yo en el periodismo.


